20 de julio de 2017

Barriers Indigenous Communities Face to Obtaining the Benefits of Intellectual Property of Medicinal Plant Knowledge: A Case Study in the Community of Isla Tigre in the Comarca Kuna Yala

Maria Tranguch

Flor de Jamaica o papo


Resumen Ejecutivo

La relación entre propiedad intelectual, recursos genéticos, y conocimientos tradicionales en las culturas indígenas es un tema que está llamando mucha atención en el mundo.  La gran dificultad que observamos para conocer la propiedad intelectual en el conocimiento de las plantas medicinales es que se hace necesario combinar las leyes y reglas de una sociedad capitalista con las leyes y creencias de una sociedad tradicional indígena para proteger estos conocimientos ante los empujes del mundo global.  El sistema capitalista con respecto a la propiedad intelectual tiene la capacidad de cambiar culturas tradicionales que normalmente no se fundamentaba en beneficios económicos.  Por muy difícil que sea, esos conocimientos tienen la habilidad de ayudar la preservación de los conocimientos que muchas culturas indígenas están perdiendo y conservar la biodiversidad de especies en el mundo se están perdiendo.  El beneficio a la humanidad sería grande también.  Actualmente, en los Estados Unidos el 40 por ciento de las medicinas que se encuentran en pruebas clínicas son derivadas de plantas[1].  Un gran problema es la biopiratería, que es esencialmente en robar los conocimientos y los recursos, que desafortunadamente ha pasado muchas veces en el mundo.  Sin embargo, un justo negocio puede contribuir a avances fieros en el mundo biogenética y que beneficie toda la humanidad.

Panamá ratificó el Convenio de Biodiversidad de las Naciones Unidas en 1995.  Con ese consentimiento es obligado proteger los conocimientos en la materia genética en comunidades tradicionales.  La ley nacional en Panamá, actualmente, es la ley 20 que define el derecho a los pueblos indígenas para la protección y defensa de los conocimientos tradicionales.  La dificultad con la ley 20 es que es muy indefinido con respeto a la definición a los procesos de obtener la propiedad intelectual de los conocimientos tradicionales de plantas medicinales.  Por esa razón varias oficinas gubernamentales, organizaciones no gubernamentales, y congresos de pueblos indígenas están colaborando en hacer una ley nueva para proteger la propiedad intelectual de la materia genética.  La ley estaría hecha entre julio de 2006 y diciembre de 2007. 

Como muchos pueblos indígenas los Kunas están perdiendo sus conocimientos de las plantas por muchas razones.  La propiedad intelectual tiene el potencial salvar los conocimientos y proteger la biodiversidad en la Comarca Kuna Yala.  El estudio identifica las barreras específicas que enfrenta los pueblos indígenas para obtener los beneficios de la propiedad intelectual de estos conocimientos, que son fuentes primarias que el gobierno nacional, las organizaciones no gubernamentales, y la comunidad de la Isla Tigre en la Comarca Kuna Yala están conservando y protegiendo.
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Enfrentan las comunidades indígenas barreras para obtener los beneficios de la propiedad intelectual de los conocimientos de las plantas medicinales: un estudio de caso en la comunidad de Isla Tigre, en la Comarca Kuna Yala

SIT Panama:  Development and Conservation
Spring 2006

Leer más en (documento completo, en inglés): https://app.box.com/s/mztjtjw7jffc3nfsoq1hofuzsutcvct1


[1] Ribeiro, Silvia. La Jornada.   “Traditional Medicine, Patents, and Biopiratism.”  August 2002.  http://www.jornada.unam.mx/2006/06/07/index.php (accessed June 5, 2006).

19 de julio de 2017

¿Antropoceno o capitaloceno?

Silvia Jiménez

“Hay que cortar la mecha que arde antes que la chispa alcance la dinamita”. Walter Benjamin

En el 2016 se estrenó “Antes que sea tarde”, un documental de Nat Geo donde el ambientalista y actor Leonardo Di Caprio atraviesa el mundo para mostrar desde diferentes latitudes cuáles han sido los efectos de largos años de actividades del ser humano sobre los ciclos de la naturaleza. La pregunta que surge es si ha sido el homo sapiens sapiens, per sé, quien ha dejado su huella marcada en esta era geológica. Lo cierto es, que debido al cambio climático se han desatado diversos movimientos ambientalistas de todos los idiomas y colores, cada uno con una bandera diferente defiende su idea de naturaleza y critica sus posibles causas, lo que es una notable desarticulación que llega a divagar dentro de un idealismo incapaz de resolver la ingente problemática. Las luchas dadas han llegado a llamar la atención de gran parte de la población mundial, lo cual ha sido positivo al lograr la indignación, pero es evidente que ha sido insuficiente para promover acciones reales y contundentes.

En un primer escenario se encuentra la conciencia ecológica que imprime la institucionalidad, atribuye la responsabilidad al sujeto y deja la solución al mercado. Entonces los culpables del desastre, los seres humanos, deben someterse a los lineamientos del sistema para salvar el planeta, soluciones como reciclar y pagar ecomultas se encuentran en la lista de las alternativas para mitigar el impacto que ha causado el ser humano a la naturaleza. Este es el pensamiento antropocéntrico, propio de la conciencia ecológica burguesa que el sistema reproduce a través de sus aparatos ideológicos, que busca dominar a la naturaleza.

Al otro extremo, intentando ser anticapitalista hay una conciencia “pachamamista”, que indaga las causas entre el ser humano y las instituciones que de manera visible contaminan aguas, maltratan animales, talan árboles y queman bosques. Existe una gran variedad de movimientos animalistas, pro-agua, pro-árboles, gran parte tomando como bandera un elemento de la naturaleza como si éste fuera en sí mismo algo ajeno al resto. La gran variedad de alternativas ecocéntricas conciben la naturaleza como una divinidad superior al ser humano, es por eso que abogan por un retorno al pasado, para recuperar costumbres y espacios que permitan reparar el daño y para ello ven necesario desplazar la tecnología y la industria.

Las dos tesis se alejan de llegar al fundamento de la crisis. Es evidente que las eco-reformas en la superestructura de la sociedad solo mitigan una mínima parte porque atacan la consecuencia mas no la causa. Reciclar es la solución que se le da a la producción excesiva de basura, cuando la generación de tantos residuos responde a la lógica del mercado y al consumismo que se ha globalizado, ya que el sistema económico se ha inventado nuevas necesidades para los humanos que consumen cada vez más energía, la cual sigue siendo no renovable y de cuyos derivados provienen muchos contaminantes de las fuentes hídricas. Para dar otro ejemplo, sembrar árboles es una gran ayuda para la reforestación, pero mientras muchos siembran un árbol, en otros países las transnacionales queman bosques para poder cultivar palma de aceite y fabricar productos de consumo que no llegan a satisfacer las necesidades nutricionales de los humanos. La bandera de la lucha ambiental no puede ser un analgésico para los problemas ya creados, debe propender por la cura definitiva de la enfermedad, un sistema económico que no garantice la reproducción de las condiciones materiales de la producción está condenado al fracaso. El capitalismo se encarga de asegurar la reproducción de las materias primas necesarias para su mercado, por eso en diferentes países hablan de economías sostenibles. Sin embargo, sigue siendo una visión neoliberal y antropocéntrica al querer buscar la dominación de la naturaleza por el hombre. Bien lo dijo Marx: “la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre.” [1]

Ambas tesis, tanto la antropocéntrica como la ecocéntrica, abstraen al ser humano de su naturaleza. El lugar del ser humano es dentro de la naturaleza, como un ser que evolucionó conjuntamente con ella, que al igual que el resto de seres vivos forma parte de un ecosistema que la taxonomía se encargó de clasificar, que le afectan las mismas influencias ambientales que controlan la vida de muchas otras especies con las que está relacionado por medio de vínculos evolutivos y que si se llevan a cabo cambios ecológicos fundamentales, que no han sido producto de una largo desarrollo, se pone en riesgo las condiciones de vida de todos los seres, puesto que no se habrán adaptado al medio mediante un proceso de selección natural de las modificaciones congénitas.

Entonces existe una alienación de los seres humanos respecto de la naturaleza. La relación humano-naturaleza está fracturada. Marx ya habría identificado esta ruptura metabólica cuando escribió “El Capital”, al decir que “la producción capitalista acumula, de una parte, la fuerza histórica motriz de la sociedad, mientras que de otra parte perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra; es decir, el retorno a la tierra de los elementos de ésta consumidos por el hombre en forma de alimento y de vestido, que constituye la condición natural eterna sobre que descansa la fecundidad permanente del suelo.” [2]

Entendiendo la ecología como institución científica que forma parte de superestructura de la sociedad, en el contexto actual es la infraestructura la que define directamente su articulación, la cual sería ideológica. Es por eso que el pensamiento verde no ha tenido triunfos y el problema ambiental es como una bola de nieve que crece cada vez más. El capitalismo ideológicamente se mantiene y reproduce su idea antropocéntrica del mundo. Lo cierto es que ecológicamente es insostenible y por otro lado no existe una base teórica unificada con bases materialistas que fundamente la avanzada verde.

Ni el capitalismo controlando sus excesos con impuestos, ni los “ambientalistas” abrazando árboles, ni las universidades reciclando van reparar la fractura que ha provocado el mismo sistema económico. Paralelo a las acciones concretas que se están haciendo por reforestar, defender acuíferos, evitar la pesca excesiva, la caza de animales salvajes, la quema de bosques, el maltrato animal, etc., hay que reorientar el debate y la lucha. Los intentos superficiales de salvar el planeta alejan a la humanidad cada vez más de entender que esta era geológica no ha sido marcada por el ser humano, que más allá es la era propia del capitalismo, es el capitaloceno.

 



[1] MARX, KARL. El capital I, la gran industria y la agricultura.
[2] Ibídem

12 de julio de 2017

La libre circulación de las semillas y la agrodiversidad están en riesgo

Alejandro Espinosa Calderón, et al.

Ante las presiones a México y la importación de más de 12 millones de toneladas de maíz, es urgente incrementar la producción de este grano en el país, promover y alcanzar la suficiencia alimentaria. Para ello es muy importante la estrategia que se defina en México para el abastecimiento y uso de variedades nativas y mejoradas, hasta ahora equivocada al propiciarse una grave distorsión del sistema de semillas en México.

 
En la superficie de más de 8 millones de hectáreas de maíz que se cultivan en México, en el 25 por ciento se emplean semillas híbridas comerciales o mejoradas, con dominio de más del 90 por ciento del comercio de semillas por parte de empresas privadas oligopólicas. Éstas promueven que se autoricen las siembras de semillas transgénicas con la falsa promesa de elevar la producción. En el 75 por ciento restantes se emplean semillas nativas para la siembra de maíz, en más de 2.3 millones de unidades de producción, donde cada productor tiene de una a tres variedades diferentes con amplia diversidad genética, garantía hacia el futuro ante el cambio climático.

El paradigma que representan los transgénicos se sustenta técnicamente en la uniformidad, los monocultivos, la erosión de suelos, el uso excesivo de fertilizantes, la eutrofización y cambios en el marco legal relacionados con la generación, desarrollo y registro o liberación de variedades vegetales. Igualmente, la producción y comercialización de semillas; dichos cambios favorecen a unas cuantas empresas privadas que lograron controlar este insumo en semilla de híbridos, pero que propician el desabasto en grandes superficies de semillas de otros cultivos como son frijol, trigo, avena, arroz y variedades de polinización libre de maíz.

Una de las primeras adecuaciones a las políticas de globalización comercial que el gobierno mexicano llevó a la práctica (aun siendo contrarias al interés de la Nación) fueron las modificaciones a la Ley de Semillas (LS) de 1961. La LS de 1991 aún permitía la multiplicación y comercialización de semillas de variedades generadas por instituciones públicas, como el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) y la Productora Nacional de Semillas (Pronase), por parte de la iniciativa privada, por la presión de organismos internacionales. Paulatinamente se fue desmantelando la Pronase, dejando vulnerable al sector agrícola de México. A pesar de la desaparición total de dicha institución en 2007, es loable el esfuerzo del INIFAP por contribuir con sus materiales.

La publicación de la Ley Federal de Producción, Certificación y Comercio de Semillas (LFPCCS) en 2007 concretó la intención de las corporaciones oligopólicas por controlar la circulación de semillas mejoradas y nativas, exigiendo el registro de variedades nativas como requisito indispensable para comercializar su semilla.

Producto de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1994, México se obligó a incorporarse a la Unión Internacional para la Protección de Obtenciones Vegetales (UPOV), lo que se concretó en 1997, después de contar con la Ley Federal de Variedades Vegetales (LFVV) promulgada en 1996, adhiriéndose al acta UPOV 1978. En esta acta, la protección de variedades es sui generis; es decir, no utiliza el esquema de patentar variedades y se privilegia la diversidad genética, permitiéndose la “derivación esencial de variedades”, así como el uso de la semilla por parte de los agricultores.

En la versión 1978 de esta acta, se ubican países que como México poseen biodiversidad genética y usos similares de semilla propia como son Ecuador, Bolivia, Chile y Brasil. En cambio, el acta UPOV 1991, promueve que se patenten genes y variedades como esquema para protección de los derechos de propiedad intelectual, limita el uso de las semillas por parte de los agricultores, no permite la derivación esencial, afecta directamente la diversidad genética y extiende los derechos de las semillas patentadas incluso a los productos que genera.

Al acta UPOV 1991 se han adherido países industrializados como Estados Unidos, Alemania, Países Bajos, Suiza y Francia, donde están instaladas las oficinas centrales de grandes corporaciones y oligopolios de la industria semillera (consulte la lista completa de países miembros de UPOV).

Desde hace años se ejerce presión para que México y otros países se reubiquen como adherentes al acta UPOV 1991, que representa el escenario jurídico ideal para el control de las semillas a nivel mundial. En especial para favorecer las patentes de desarrollos tecnológicos por parte de la industria multinacional de cultivos transgénicos, lo que les daría derecho legal al cobro de regalías. Quienes pagan las regalías en los países que se adhieren al acta UPOV 1991 son: a) los productores que voluntariamente establecen contratos con la industria para el uso de sus productos, y b) los productores de granos o de semillas, bajo mandato judicial, cuando la(s) variedad(es) que siembran o comercializan hayan sido voluntaria o involuntariamente contaminada(s) con los transgenes patentados y sujetas a juicio.

México y otros países que son centros de origen y/o de diversificación de especies cultivadas, experimentan presiones exógenas para adoptar el acta UPOV 1991. En abril de 2012, en la LXI legislatura de la Cámara de Diputados, se tenía todo listo en la Comisión de Agricultura (y en la lista de temas en el pleno de la cámara), para aprobar la nueva Ley Federal de Variedades Vegetales (LFVV) que ubicaba a México en el acta UPOV 1991. Con ello llevarían al campo mexicano a un desastre anunciado.

Después del cabildeo con legisladores, afortunadamente la modificación a la ley fue suspendida en respuesta a las explicaciones y demandas por parte de organizaciones y científicos que exigieron ser atendidos. La minuta de LFVV se retiró de la orden del día en el pleno de la Cámara de Diputados.

A fines de 2016, nuevamente se iniciaron consultas con personas a modo para que validaran este nuevo intento en algunas universidades e instituciones nacionales. Lo que se pudo impedir en México, no ocurrió en Colombia, ubicándose ese país en el acta UPOV 1991 en abril de 2012, con repercusiones que llevaron a un paro agrario nacional meses después. Se terminó cuando se suspendió la aplicación de la ley.

El camino para imponer a México en el acta UPOV 91, irremediablemente ocurriría al ratificarse el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TTP, por sus siglas en inglés), promovido inicialmente por Estados Unidos y otros 11 países: Japón, Australia, Nueva Zelanda, Malasia, Brunei, Singapur, Vietnam, Canadá, México, Perú y Chile.

Entre otras cosas, impone la desregulación a los transgénicos y su impacto potencial sobre la soberanía y la seguridad alimentaria, la biodiversidad y la preservación y desarrollo de las culturas agrobiológicas, así como la obligatoriedad de ubicarse en el acta UPOV 91 (ver Artículo 18.7.2.c. del TPP); sin embargo, Donald Trump, presidente de la principal economía del TPP, canceló su adhesión, lo que resulta una presión menos para México y resulta bueno para mantener la biodiversidad genética, evitar los transgénicos y nos obliga a avanzar hacia la soberanía alimentaria.

En caso de que México se adhiera al acta UPOV 1991, resultaría en despojo por parte de los oligopolios de las variedades nativas de los productores, dueños inmemoriales del gran acervo genético y cultural. En ese caso, si las semillas nativas sufrieran contaminaciones con transgénicos estarían amparadas bajo las patentes aprobadas por la nueva LFVV.

Las empresas como Monsanto se excusan en que el uso de sus materiales reducirá el uso de fertilizantes, herbicidas e insecticidas pues las variedades generadas son tolerantes a sequías y ofrecen, de acuerdo a sus investigaciones, un sinfín de bondades. Pero no hay posibilidades de cumplir con dichos aspectos con base en lo que ha ocurrido en otros países.

La LFVV y la autorización de siembra de maíz transgénico propiciarían la desaparición de las pequeñas y medianas empresas productoras y comercializadora de variedades de maíces no transgénicos, pues al convivir con aquellos que sí lo son sería imposible que las líneas parentales empleadas no se contaminen, propiciando la acumulación irreversible de ADN transgénico. Además, ante la ley dichas semillas nativas o variedades mejoradas contaminadas serían consideradas “piratas”. Y si, en determinado caso llegaran a usarse, tendrían que pagar regalías a las industrias y se verían obligadas a cerrar, monopolizando la producción de semillas.

La contaminación de las razas nativas de maíz equivaldría a despojar a los 62 pueblos indígenas de la Nación dueños del reservorio genético primario del maíz. La memoria genética del maíz nativo se perdería, en aras de una insostenible estrategia de control de las semillas por parte de las corporaciones.

Como alternativa ante las amenazas para México y la urgencia de producir el maíz que requerimos, es necesario incentivar el uso de variedades mejoradas y nativas. Las primeras, producto de la investigación de instituciones públicas; las segundas, a través del mejoramiento autóctono de miles de años y más de 330 generaciones de productores de maíz mexicanos. Con estos acervos nacionales se puede competir con las grandes empresas multinacionales. Es importante realizar una gran cruzada para uso óptimo de todos estos maíces nativos y mejorados, apoyando empresas nacionales. No a través de MasAgro, quien indebidamente comete dumping para atraer a empresas inicialmente apoyadas por investigadores del INIFAP, a las cuales les regala semilla con recursos de México entregados indebidamente a CIMMYT.

Este programa pretende sustituir 1.5 millones de hectáreas de maíces nativos por semilla de maíces híbridos de empresas privadas con las cuales tiene convenio. La suficiencia alimentaria en maíz puede alcanzarse con semilla mexicanas nativas y mejoradas, privilegiando la diversidad genética, la agricultura de subsistencia tradicional y comercial a través de un gran número de empresas mexicanas con acompañamiento en asesoría técnica, aprovechando la experiencia de técnicos, investigadores y productores locales.

 
Alejandro Espinosa Calderón*
Margarita Tadeo Robledo**
Karina Yazmine Mora García**

Antonio Turrent Fernández*

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*Unión de Científicos Comprometidos
con la Sociedad (UCCS)
**Facultad de Estudios Superiores Cuautitlán, UNAM
Correos -e: espinoale@yahoo.com.mx, tadeorobledo@yahoo.com, megaberry@hotmail.com y aturrent37@yahoo.com.mx
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9 de julio de 2017

La que se avecina: un capitalismo (aún) más salvaje

Gonzalo Fernández (Dossieres EsF, nº 26, verano de 2017)

El proyecto civilizatorio construido en torno al capitalismo atraviesa una profunda crisis que pone de manifiesto no solo las crecientes dificultades del sistema para autorreproducirse, sino también la ofensiva que éste desarrolla contra la vida, cuya sostenibilidad corre serio peligro. Partiendo de este conflicto capital-vida, proliferan tanto las agendas emancipadoras que pretenden defender la reproducción ampliada de la vida como aquéllas que se centran en salvar y redefinir el capitalismo en este momento crítico, aunque ello nos conduzca al abismo social y al colapso ecológico. Si queremos evitar este fatal desenlace, es preciso conocer estas apuestas pro-capital y sus perspectivas de futuro, con el ánimo de adelantarse a las mismas y hacerlas descarrilar desde lógicas alternativas.

Éste es precisamente el objetivo del presente artículo: conocer qué diferentes propuestas disputan hoy en día la defensa de los valores civilizatorios hegemónicos del crecimiento ilimitado, la primacía de los mercados, la reproducción ampliada del capital y la agudización de las asimetrías de clase, género y raza/etnia. Destacamos en este sentido la confrontación actual entre quienes abogan por el avance de un mercado universal autorregulado desde una supuesta perspectiva progresista, por un lado, y quienes aspiran desde claves más extremas a capturar, en un contexto de profunda crisis, la máxima ganancia posible para los capitales nacionales propios bajo la premisa de guerra económica y geopolítica entre bloques regionales, por el otro.

Sea una u otra la agenda que se imponga —o incluso la más que probable síntesis de ambas—, las perspectivas parecen consolidar una versión del modelo global todavía más antidemocrática, excluyente y violenta. Concluiremos el artículo señalando cuáles pudieran ser, en nuestra opinión, las claves que definen la nueva versión del viejo proyecto civilizatorio de la modernidad capitalista, en el que el poder corporativo tejido alrededor de las grandes empresas transnacionales cobra un gran protagonismo.

El conflicto capital-vida se agudiza, pero también la disputa entre capitales

Atravesamos momentos de gran incertidumbre sistémica, cuyo origen reside básicamente en dos grandes nudos a los que el sistema vigente parece no encontrar respuesta.

Por un lado, el capitalismo evidencia serias limitaciones para iniciar una nueva fase expansiva de crecimiento económico, que genere un círculo virtuoso de productividad, rentabilidad, inversión, empleo y consumo. En este sentido, la propia OCDE pronostica un lánguido desempeño económico global hasta 2060,[1] lo que refuerza la idea de que cada vez es más complicado reproducir el flujo del ingente excedente generado por un sistema financiarizado, sobrecomplejizado y desregulado, además en un marco de austeridad y grandes desigualdades estructurales. En este contexto, se visualizan con mayor nitidez las contradicciones de un sistema incapaz de poner en marcha una revolución tecnológica con potencialidad para impulsar un círculo virtuoso como el antes citado. Si la apuesta es, en este sentido, la automatización y la robótica, no hay seguridad alguna de que ésta tenga una incidencia generalizada sobre la productividad del conjunto del tejido económico global. Incluso existen serias dudas sobre si el hipotético saldo de empleos de este proceso sería negativo y no positivo, destruyendo más empleo que el que se pudiera crear, tal y como señala la UNCTAD.[2] En todo caso, más allá del debate sobre si el capitalismo es capaz de reinventarse de nuevo en un contexto de profundas limitaciones, sí que podemos afirmar tajantemente que este afronta grandes dificultades en el corto, medio y largo plazo, lo que nos aboca a décadas de fuerte inestabilidad.

Pero, por otro lado, a los problemas del sistema económico para reproducirse se les une un segundo elemento generador de incertidumbre, que no es sino el gravísimo colapso ecológico en ciernes. Se trata, en palabras de Tanuro,[3] de una catástrofe silenciosa provocada por el cambio climático y por el agotamiento de las tres fuentes de energía fósil sobre las que se ha asentado el patrón de desarrollo desde la segunda guerra mundial: el petróleo, el gas y el carbón. Si el petróleo ya ha alcanzado su pico, el carbón y el gas lo harán en las próximas décadas, tratándose de recursos —sobre todo, el petróleo— imposibles de ser sustituidos por otros, renovables o no, debido a una capacidad de transporte, almacenamiento, múltiples usos y alta densidad energética sin igual. Por tanto, nos enfrentamos, sí o sí, a una reducción de la base material sobre la que opera nuestra sociedad global y, en consecuencia, a una profunda transformación de las fórmulas hegemónicas de producción, consumo y organización social.

Vinculando ambos procesos —límites del capitalismo y colapso ecológico—, se explicita la gravedad del momento presente, ya que la hipotética superación del primero de los procesos no haría sino ahondar la catástrofe ecológica, mientras que enfrentar de manera taxativa el segundo exigiría descentrar el capital y los mercados como valores hegemónicos y, por tanto, trascender completamente el modelo civilizatorio articulado en torno al capitalismo. El piso se nos mueve a todos y todas y, lo queramos o no, grandes cambios se avecinan, en uno u otro sentido. Asistimos, por tanto, a una fase histórica especialmente crítica, marcada por la crisis del capital y por el conflicto de éste con la vida misma, dando lugar a un recrudecimiento de la disputa de agendas y sujetos. Y no hablamos solo de la confrontación de quienes defienden la vida frente al atolladero al que nos conduce el capital, sino también entre los que pretenden mantener el statu quo capitalista, pero desde parámetros diferentes a los hasta ahora hegemónicos.

Surge en este sentido una nueva versión capitalista nítidamente reaccionaria, que Trump abandera pero en la que se inscriben fenómenos como el auge de la extrema derecha en Europa, el Brexit o Putin, por poner solo algunos ejemplos. Esta nueva propuesta política en boga se reproduce ante la creciente deslegitimación de la hasta ahora agenda hegemónica del capital, que denominamos capitalismo universalista. Este se ha sustentado sobre dos pilares fundamentales: en primer lugar, la apuesta por un mercado único global y autorregulado —o al menos conformado por grandes bloques económicos que colaboran entre sí, a través de pactos entre diferentes capitales, encarnados en tratados y acuerdos multilaterales—, que garantice el comercio y la seguridad de las inversiones a nivel planetario; en segundo término, un modelo de gobernanza política sustentado sobre un relato de democracia formal, respeto a los derechos humanos y defensa de la diversidad y la multiculturalidad, edificado sobre una estructura multilateral a tal efecto.

Para garantizar este mercado de proyección universal se apuesta principalmente por tratados y acuerdos regionales y globales de comercio e inversión. Estos pretenden conformar una nueva gobernanza corporativa, que institucionalice nuevas estructuras de convergencia reguladora entre regiones —para armonizar a la baja en protección social y ambiental—, y que acabe de implantar una lex mercatoria [4] sostenida sobre tribunales privados de arbitraje, en los que las corporaciones tienen la capacidad de denunciar a las instituciones públicas si éstas amenazan sus beneficios. Como hemos señalado previamente, este proyecto sufre hoy en día un creciente descrédito, evidenciándose que el valor fuerte del capitalismo universalista —el mercado autorregulado— es incompatible con el segundo —democracia y derechos—, que se convierte en pura retórica, tal y como muestra esta ofensiva contra el poder legislativo y judicial. Se constata así la primacía del capital sin caretas democráticas e inclusivas, condenando a las grandes mayorías populares al desempleo, la precariedad, la exclusión y, en definitiva, a múltiples y diversas fórmulas de dominación. Así, un proyecto retóricamente universalista, progresista y pacifista, en su pretensión de desarraigar la dimensión económica del resto de variables sociales, políticas y culturales a partir de la constitución de un mercado global autorregulado, acaba explotando a la vasta y diversa clase trabajadora y amputando los mínimos resortes democráticos en el altar de dicho mercado. Karl Polanyi, en su certero análisis realizado hace ocho décadas, ya alertó sobre estos intentos de desarraigo, situando en el patrón oro y en el impulso universalista del capital la génesis de las guerras mundiales y los fascismos que asolaron la primera mitad del siglo XX.[5]

Pero esta deslegitimación del capitalismo universalista, como antes hemos especificado, no es solo evidente para las propuestas emancipadoras en defensa de la vida. También lo es para quienes abogan por una redefinición del statu quo. Estos constatan, por un lado, cómo este modelo universalista ha roto los consensos o pactos nacionales entre capital y trabajo en base a diferentes formulaciones del Estado del Bienestar —fundamentalmente en el Norte Global, que es donde éstas se permitieron, y que han sido base de cierta estabilidad social y política—, sin ofrecer alternativa alguna a las lógicas de deslocalización, terciarización, desinversión interna, desempleo y precariedad vinculadas a la globalización neoliberal. Y, por otra parte, consideran que la delegación de soberanía nacional a órganos supraestatales, propia de la lógica de los acuerdos y tratados regionales y globales, impide el desarrollo de políticas autónomas y constriñe las capacidades económicas de los capitales propios, al obligar a pactar con los foráneos desde un prisma multilateral, cediendo así necesariamente poder en un momento en el que la tarta no da para todos.

Por tanto, no todos los capitales tienen expectativas positivas en el modelo de capitalismo universalista, ni posibilidad de sustento político y social que garantice su sostenibilidad. Debido a ello, algunos de ellos —sobre todo los que tienen su matriz en el Norte Global, y que acumulan por tanto un notable poder de negociación—, apuestan por ampliar su trozo de tarta frente a otros, transitando del universalismo a la guerra económica. Se plantea así la posibilidad de impulsar un relato y una agenda que prime la defensa de los capitales nacionales frente al capital en general; que limite el costo de la apuesta global en su retórica multilateral; que integre en su base política no solo al capital nacional, sino también a parte de la clase trabajadora ávida de recuperar inversión y empleo y que ha sido despreciada por las élites beneficiadas por la globalización; que, finalmente, confronte aun retóricamente con dichas élites desde una ofensiva contra su imaginario liberal y progresista (derechos y libertades fundamentales, igualdad de oportunidades, diversidad sexual, protección del medio ambiente…), situando el debate político en una guerra entre pobres, contra lo otro, centrado especialmente en la migración como fenómeno directamente vinculado a la globalización y sus efectos.

Cuál de estas dos versiones del capitalismo —universalista o de guerra económica— se impondrá en esta disputa en ciernes, nadie lo sabe. En todo caso, la deslegitimación de la apuesta universalista, por un lado, y los estrechos límites que el capital impone a las propuestas de corte populista de derechas que pongan en cuestionamiento la globalización y el modelo pergeñado en las últimas décadas, por el otro, nos llevan a la conclusión de que seguramente la agenda hegemónica será un híbrido de ambas, configurando un modelo de capitalismo más salvaje, dictatorial, excluyente y violento. Veamos a continuación cuáles pudieran ser sus características principales.

Perspectivas del capitalismo que se nos viene encima

La agenda de síntesis que parece prefigurarse en un contexto de crisis de reproducción del sistema semeja a la respuesta de un león herido. Así, a pesar de que se ven cada vez más las grietas por las que brota su sangre, sigue siendo tremendamente peligroso y acumula la fuerza suficiente para conducirnos a la humanidad y al planeta en su conjunto al abismo. Un león herido que, en esta situación, minimiza su retórica sobre democracia, derechos e inclusividad —sacrificados para tratar de salvar al capital—, mientras que posiciona y justifica fundamentalismos, exclusiones y asimetrías como ofrendas necesarias para dicho sacrificio. Bajo esta premisa, exponemos brevemente cuáles podrían ser, en nuestra opinión, algunas de las claves que darían forma a esta nueva versión de capitalismo para las próximas décadas: [6]

1.     El poder corporativo, protagonista de la ofensiva final para mercantilizar la vida. Nunca antes las grandes empresas habían atesorado tanta fuerza como durante la globalización neoliberal, configurando una agenda y una estructura cultural y política al servicio de su poderío económico —hoy en día 69 de las 100 mayores entidades del mundo son empresas y solo 31 Estados [7] —. Este ingente poder las sitúa como premisa de todo proceso político, protagonistas y principales beneficiarias de la apuesta por la reproducción incesante del capital. Para ello, abogan, como respuesta a la crisis, por ahondar en la mercantilización definitiva de toda forma de vida y sector, incidiendo especialmente en la contratación pública, los servicios, las economías campesinas, etc., convirtiendo a nuestros cuerpos precarizados —especialmente los de las mujeres—, en pistas de aterrizaje de su estrategia. De esta manera el poder corporativo —que trasciende a las propias empresas, conformando una amplia red de Estados y organismos multilaterales cómplices—, trata de abarcar el espectro completo de nuestras vidas, proyectándose en el marco de una sociedad empresarial, privatizada, centralizada y concentrada en términos de poder —como muestran las fusiones recientes de las seis grandes empresas de la agroindustria [8] —.

2.     La lex mercatoria como base de una gobernanza corporativa que pone en jaque la democracia. El poder corporativo vehiculiza su pretensión de avanzar en la mercantilización de la vida a través de la imposición de una lex mercatoria en defensa de la seguridad de la inversión y el comercio, situada por encima del marco internacional de derechos y de la soberanía nacional y popular. La nueva oleada de tratados (TTIP, TISA, CETA, etc.) se enmarca en esta lógica, que debe entenderse como una agresión contra la capacidad institucional de regulación frente a toda traba al comercio y a la inversión, posicionando en ese sentido un nuevo modelo de gobernanza corporativa que genera una institucionalidad conformada, como ya hemos dicho previamente, en base a la convergencia reguladora y a los tribunales privados de arbitraje. De esta manera la democracia —ya de por sí mínima— molesta, y sufre una ofensiva definitiva, instaurando una arquitectura de la impunidad para las grandes empresas, en la que coinciden tanto el capitalismo universalista como el de guerra económica, ya que ambos solo cuestionan quién y cómo negocian los acuerdos, no la existencia ni el contenido de los mismos.

3.     La tensión geopolítica y por los recursos escasos se incrementa. La crisis capitalista y la sensación de que la tarta económica no crece —e incluso se agota en términos energéticos— abona el terreno para una agudización de la confrontación entre bloques por el puesto de hegemón, así como por los escasos recursos fundamentales para la vida. Parece entonces que asistiremos a un recrudecimiento de la disputa entre bloques económicos y sus capitales, liderados por las grandes empresas (EE UU, UE y China), de consecuencias imprevisibles, incluso en términos militares. A su vez, asistiremos a una ampliación de los conflictos generados por la situación climática y energética, acompañados posiblemente de una pretensión de acaparamiento de dichos recursos escasos —energía, agua, tierra, etc.— incluso en su versión renovable, bajo el paraguas del capitalismo verde.

4.     Una economía estructuralmente sobrecomplejizada, financiarizada y especulativa. Debido a las escasas expectativas de crecimiento económico generalizado en base a una nueva onda larga expansiva, es más que probable que se mantenga e incluso ahonde la tendencia actual de búsqueda de reproducción del capital por la vía financiera. Así, mientras no se sienten las bases que permitan incrementos generalizados en la productividad y en la tasa de ganancia, la crucial cuestión del endeudamiento público y privado seguirá siendo un aspecto de especial relevancia, mientras que las señas de identidad de la financiarización se seguirán trasladando al conjunto del modelo económico. Por tanto, cortoplacismo, ingobernabilidad, lucro y especulación serán conceptos que definan el escenario también en el futuro próximo, incidiendo posiblemente en el incremento de la inestabilidad estructural y de las asimetrías sociales. La apuesta de Trump de derogar los tímidos controles financieros establecidos por Obama tras el crash de 2008, así como el contenido de las negociaciones del TISA, parecen abundar en este sentido.

5.     Un modelo de sociedad global más abiertamente excluyente y violenta. La apuesta por el capital frente a la vida en un momento de crisis tiene como corolario la agudización de la matriz excluyente del proyecto civilizatorio en base a la clase, el género y la raza/etnia. De esta manera, el capitalismo heteropatriarcal y colonial se priva progresivamente de toda retórica, mostrando lógicas de fascismo social, en las que se establece un régimen de relaciones de poder extremadamente desiguales que concede a la parte más fuerte un poder de veto sobre la vida y el sustento de la parte más débil. Pareciera por tanto que el relato de la ciudadanía con derechos y de la igualdad pierde valor, y la agenda hegemónica nos ofrece en toda su crudeza su génesis excluyente y violenta, alentando la guerra entre pobres —para ocultar la responsabilidad del poder corporativo— así como desatando la violencia machista, de odio, empresarial y geopolítica de todo tipo.

Éste parece ser el capitalismo que se perfila en este siglo XXI, en un contexto de crisis sistémica y civilizatoria: un modelo pirómano que parece querer apagar el fuego con más madera, dirigido por un poder corporativo que atenta contra la democracia y contra la sostenibilidad de la vida para tratar de mantener el flujo del capital, para lo cual no duda en recrudecer la exclusión y la violencia.

Por lo tanto, desmantelar el poder corporativo, poniendo freno a los nuevos tratados regionales y globales; defender los territorios y los bienes comunes, tanto públicos como comunitarios; desmontar el sistema financiero desregulado y sobrecomplejizado; enfrentar la exclusión y violencia de todo tipo; así como abanderar la democracia como valor fundamental, entre otras cuestiones, son prioridades estratégicas para cualquier agenda alternativa que pretenda avanzar en defensa de la vida y del bien común.




Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate es investigador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) - Paz con Dignidad.

Fuente: OMAL - http://omal.info/spip.php?article8345


[1] OCDE (2014): «Policy challenges for the next 50 years», OECC Economic Policy Papers, n.º 9, disponible en: http://www.oecd-ilibrary.org/economics/policy-challengesfor-the-next-50-years_5jz18gs5fckf-en
[2] UNCTAD (2016), «Robots and industrialization in developing countries», Policy Brief n.º 50, disponible en: http://unctad.org/en/PublicationsLibrary/presspb2016d6_en.pdf
[3] Tanuro (2015), «Enfrentar la urgencia ecológica», Inprecor n.º 619-620, disponible en:
[4] Hernández, Juan, y Ramiro, Pedro (2015): Contra la lex mercatoria. Propuestas y alternativas para desmantelar el poder de las empresas transnacionales, Icaria, Barcelona.
[5] Polanyi, K., (1944), La gran transformación, Siglo XXI, México.
[6] Fernández, Gonzalo (2016): Alternativas para desmantelar el poder corporativo. Hegoa, Bilbao. Disponible en: http://omal.info/spip.php?article8246
[7] Datos del Informe 10 biggest corporations make more money than most countries in the world combined, publicado en septiembre de 2016 por Global Justice Now.
[8] ETC Group (2016): Campo Jurásico. Syngenta, DuPont, Monsanto: la guerra de los dinosaurios del agronegocio. Disponible en: http://etcgroup.org/sites/www.etcgroup.org/files/files/etc_breakbad_esp_v5-final_may11-2016.pdf

5 de julio de 2017

Los cuidados que sostienen al mundo

María Verónica Villa Arias

"¿Cómo es posible que, con menos de un cuarto de toda la tierra agrícola del planeta, los pueblos y comunidades campesinos provean casi 70% de la alimentación que nos mantiene con vida como humanidad? Esos pueblos, comunidades y colectivos calumniados de obstaculizar la modernización, despliegan una potencia que no se enfoca solamente en arrancarle la comida a los suelos. Son quienes aún mantienen un tramado de prácticas y saberes que persiste pese al embate modernizador de los gobiernos, de las agencias de financiamiento y de las mega-corporaciones."
 

María Antonieta González y José Ángel Martínez, migrantes de Carranza, Chiapas, retiran los tallos y empaquetan las cebollas en Lamont, California Foto: David Bacon

» LA AGRICULTURA INDUSTRIAL SE ENFOCA SÓLO EN 12 ESPECIES. UN NUEVO CULTIVO BIOTECNOLÓGICO PUEDE LLEGAR A COSTAR 136 MILLONES DE DÓLARES. LAS REDES CAMPESINAS MANEJAN MÁS DE DOS MILLONES DE VARIEDADES Y LAS DESARROLLAN SIN COSTOS COMERCIALES

El acuciante problema de la crisis de alimentación en el mundo se esboza en muchos lados como insuficiencia de alimentos pues la población crece exponencialmente y “no habrá comida que alcance”. Según los expertos, más de 800 millones de personas padecen hambre y más de la mitad de la humanidad tiene problemas relacionados con la alimentación. Quienes brindan una solución a esa crisis, quienes subsanan la subsistencia de la mayoría de la humanidad, son esos pueblos y comunidades campesinas, acusadas de atrasadas e ineficaces, los pueblos vernáculos del mundo.

Más del 90% de las y los agricultores del mundo son campesinos e indígenas, pero acceden a menos de la cuarta parte de la tierra agrícola mundial, según datos de GRAIN. Y sin embargo, con ello producen entre el 50 y el 70 por ciento de la comida que mantiene viva a la gente. Sustentos básicos (cereales, leguminosas, tubérculos) pero también animales, frutas y hojas verdes que se distribuyen en mercados locales en cantidades importantes, total o parcialmente al margen del mercado, y llegan a sitios inaccesibles para los contenedores rodantes que distribuyen los paquetes de alimentos procesados.

Si asumimos la perspectiva de Adolfo Gilly sobre los historiadores a contrapelo que develan que casi la totalidad de la actividad económica la realiza una inmensa mayoría de seres humanos sin lugares prominentes en las cifras oficiales, ni en las inteligencias de derecha o izquierda, ni en los liderazgos de opinión, ni en los debates entre élites, es fácil comprender que la mayoría de la alimentación que nos mantiene con vida la provee esa miríada de redes campesinas y urbanas de subsistencia, rompiendo así el monopolio radical del pensamiento que presupone que sólo la industria puede resolver el problema de alimentar a una población planetaria cada vez más numerosa.

Se trata de pueblos con diversos grados de autonomía, de soberanía en lo que permanece de sus mundos vernáculos, pero también se trata —y esto es muy sorprendente— de colectivos que quieren darle la vuelta a vivir comprando todo: organizaciones en el campo y en la ciudad, personas y colectivos que de alguna forma quisieran ser como los pueblos vernáculos.

El Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (Grupo ETC) se planteó recientemente preguntas como quién nos alimenta hoy, cuánta diversidad alimentaria tenemos y cuidamos, cuál es el estado de los bosques, qué nos está ocasionando la industrialización de la comida, cómo se usa la energía para producir alimentos, cuánta comida se desperdicia, cuál es la relación entre trabajo, salud y producción industrial o campesina. Y estas son algunas de las respuestas:

Hoy, con un cuarto de la tierra agrícola a nivel mundial y con 30% de los recursos mecánicos, hídricos, fertilizantes y combustibles, las redes de subsistencia (campesinos, pastores, pescadores artesanales, recolectores y sus combinaciones), junto con la agricultura urbana, producen mayor cantidad, diversidad y calidad de alimentos que las cadenas de la agricultura industrial.

La agricultura industrial se enfoca sólo en 12 especies. Un nuevo cultivo biotecnológico puede llegar a costar 136 millones de dólares. Las redes campesinas manejan más de dos millones de variedades de plantas y animales, y los desarrollan sin costos comerciales. La pesca industrial captura 360 especies y cultiva en cautiverio otras 600. Los pescadores artesanales cosechan 15 mil especies de agua dulce y un número desconocido de especímenes marinos. Más de mil quinientos millones de habitantes se alimentan de pesca no comercial.

El mercado de productos maderables promueve plantaciones de 450 especies mientras que los habitantes de los bosques cuidan más de 80 mil tipos de árboles, arbustos, trepadoras y plantas medicinales.

Se calcula que mil 600 millones de personas habitan esos espacios “ociosos” que el capital no ceja en agredir para meterlos al mercado de tierras. 80% de las poblaciones de los países en desarrollo acuden, para satisfacer o complementar sus necesidades terapéuticas, a plantas crecidas en los bosques, selvas y humedales o cultivadas en traspatios, balcones o azoteas. Estos lugares “subutilizados” son clave para enfrentar el caos climático por su capacidad de absorción de gases contaminantes.

La comida procesada ha ocasionado que desde 1950 se pierda infinidad de nutrientes del suelo; que las dietas se uniformen, que la diversidad se reduzca, y que haya un aumento dramático de enfermedades crónicas como obesidad y diabetes, hipertensión, y ciertos tipos de cáncer relacionados con la alimentación.

La emisión de gases con efecto de invernadero provenientes de la alimentación industrial (con los desmontes para monocultivos, el uso de fertilizantes —cuya fabricación es origen de gases en sí misma— el transporte, el embalaje, la refrigeración y la basura resultante) dan cuenta de un 50% de los gases que ocasionan el calentamiento planetario.

Casi 80% del agua dulce disponible en un año se utiliza en agricultura industrial y procesado de alimentos. El agua de este procesado industrial de alimentos y bebidas en un año podría cubrir las necesidades domésticas de 9 mil millones de personas.

Entre 33 y 40% de la comida producida con agricultura industrial se desperdicia cada año por los estándares de producción, en la transportación y almacenamiento, en los procesos de producción y en los hogares donde llega no se consume.

Más de dos mil millones de personas en el planeta tienen deficiencias nutricionales y más de 400 millones tienen sobrepeso u obesidad. El consumo de carne en los países ricos rebasa en más de dos veces las recomendaciones de la Organización Mundial de Salud. Por cada dólar que pagamos en comida industrial, la sociedad planetaria paga otros dos dólares en remediar desastres ambientales y enfermedades.

¿Cómo es posible que, con menos de un cuarto de toda la tierra agrícola del planeta, los pueblos y comunidades campesinos provean casi 70% de la alimentación que nos mantiene con vida como humanidad?

Esos pueblos, comunidades y colectivos calumniados de obstaculizar la modernización, despliegan una potencia que no se enfoca solamente en arrancarle la comida a los suelos. Son quienes aún mantienen un tramado de prácticas y saberes que, pese al embate modernizador de los gobiernos, de las agencias de financiamiento y de las mega-corporaciones, persiste a veces como aparente inercia, con una reflexividad impresionante, en el flujo del desastre, en medio de la vorágine y la incertidumbre.

El tramado de cuidados que sostienen al mundo no se reduce a sembrar y cosechar “cosas que se coman”. En México, los pueblos campesinos no sólo conservan el maíz (cuyo futuro es objeto de debates mundiales). Los pueblos campesinos son quienes resguardan la diversidad de bosques, y con ellos, los ciclos del agua y del aire, y en esos territorios cuyo eje es la milpa, las comunidades tienen la posibilidad de negarse al extractivismo y la imposición de megaproyectos. Así que los pueblos vernáculos de México no sólo arrancan alimentos a la tierra. Con sus pertinentes relaciones con sus territorios, que se materializan en lenguas, modos, ropas, músicas, ritos, celebraciones, organización, luchas, los pueblos de México son núcleo de soberanía nacional.

Conocimos hace poco en Holanda un “bosque comestible”: en dos hectáreas de tierra yerma, destruida por la agricultura industrial, alguien removió el suelo, construyó declives y se puso a reunir especies de latitudes hermanas, de lugares separados por glaciaciones, por el aumento de los océanos, por desertificación, por reacomodo de las placas tectónicas; pero también separados por guerras o tratados de paz, o lugares con especies extinguidas por revoluciones verdes, por agricultura comercial y por mera urbanización. Comenzamos la caminata por el bosque comiendo rosas de Mongolia, directas del rosal. Seguimos con manzanas silvestres de Azerbaiján, membrillos de Turquía, peras japonesas; recogimos para la cena unos 20 tipos de hongos; para el desayuno, avellanas, moras rojas, negras, grandes, chicas, ácidas, dulces; kiwis, nueces, castañas, grosellas. Había frijoles silvestres de varios tipos, almendras, higos, lentejas… Ese bosque brinda según temporada más de 400 especies comestibles. Tiene más especies de insectos y aves que los parques naturales holandeses. Lo que pide este lugar, dicen sus propiciadores, es acompañar los procesos libres que hacen los bosques para crecer y mantenerse. En 6 años ocurrieron procesos que quienes hicieron este bosque esperaban en 10 o más años. Están abriendo el entendimiento para alimentarse de otros cultivos además de los 12 “más famosos” en los que se enfoca el sistema industrial de producción de alimentos. Calculan que el ciclo de restauración total de los bosques puede reducirse 50 años de lo que ahora se piensa.

Acá en México, durante la presentación de un libro con recetas de platillos elaborados con lo que hay en la milpa “estándar”, un campesino mixteco de Oaxaca dijo que estamos acostumbrados a ver al bosque como algo muy grandioso y a la parcela campesina como algo pequeño en comparación. Dijo que la milpa es precisamente un bosque donde convive todo, lleno de matices y de espesura, donde todos los seres pueden existir y potenciarse.

Entre 1992 y 2010 el Estado mexicano dirigió una cruzada contra la propiedad colectiva de la tierra, una campaña nacional para que las tierras de cultivo se “regularizaran” en títulos de propiedad individuales, y que toda esa tierra entrara en el mercado, junto con la proletarización de sus habitantes. A la vuelta de 20 años, mucho menos del 30% de los campesinos registró sus tierras a título individual para poder venderlas, lo que tiene francamente intrigado al Banco Mundial.

En México se siembran y cosechan casi 22 millones toneladas de maíz, de las cuales 14 millones de toneladas se cultivan con semillas que provienen de la cosecha propia, en tierras colectivas. Más de 8 millones de toneladas se destinan a la subsistencia de las comunidades sin pasar por el mercado, señala la investigadora Ana de Ita. Eso es sumamente subversivo.

Tal vez es un momento de la historia en que ya no estudiamos las dinámicas económicas campesinas como parte de una etnografía de los sistemas económicos “alternos” o “subalternos”, o en el registro de aquello que está por extinguirse. Es muy visible, muy evidente, el proceso de reflexiones y de acciones desde lo profundo de las comunidades vituperadas, calumniadas de ineficaces, desgarradas por las migraciones, arrinconadas en las mega-urbes.

Aún sigue sin comprenderse plenamente la distinción que hizo Iván Illich sobre la subsistencia autónoma (con sus límites y sus problemas a resolver) y la miseria en la que caemos cuando se nos imponen los planes de desarrollo, las tecnologías, la modernización, y lograr ese entendimiento es una tarea urgente.

Andrés Barreda dijo al resumir una discusión de la Red en Defensa del Maíz en 2016:
“La resistencia campesina tiene un claro significado universal para toda la humanidad porque defiende y muestra el sentido de la subsistencia autónoma, de la posibilidad de ser libre manteniendo relación con la tierra, con el territorio. Pero tiene un significado más, referido al peor drama de nuestro tiempo, el peor drama que vive toda la humanidad en el momento actual, que es el de la ruptura entre naturaleza y sociedad. Ruptura que tiene a la humanidad no sólo al borde del cambio climático, la tiene al borde de desaparecer.

“La separación entre sociedad y naturaleza, que avanzó durante siglos, en los últimos 80 años alcanzó niveles brutales que ponen en peligro la vida de todos los seres humanos. Los campesinos son quienes detentan en vivo y en directo qué significa la relación entre la sociedad y la naturaleza. Es muy importante subrayar este punto para percibir de otra manera la situación de guerra social en la que estamos hundidos. Los campesinos se sienten solos. Los indígenas se sienten solos en sus territorios. Imagínense cómo se sienten 9 millones de compañeros indígenas que ya se fueron a trabajar como jornaleros, lejos de sus tierras, a los ranchos de agro-exportación. Sobre todo, los que caen en ranchos en los desiertos, nadie puede escaparse de allí. Cómo se sentirán los obreros, sin el sentido de organización comunitaria de las comunidades campesinas; cómo se sienten las mujeres víctimas de asesinatos masivos. O cómo se sienten los jóvenes que no tienen ni en el campo ni en la ciudad —ni en la tierra ni en el cielo— ninguna oportunidad de nada.

“Todos nos estamos sintiendo solos, pero los campesinos tienen un fuego entre las manos. Es la relación con la naturaleza. Tienen la brújula de cómo se compone el mundo. Si algo define al capitalismo, es que separa a la sociedad respecto de la naturaleza. Y esta separación está llegando a un nivel que implica el suicidio de la humanidad. En esta situación de suicidio civilizatorio, la vida campesina tiene algo que sí es significativo para toda la humanidad: la única posibilidad de futuro.”.

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María Verónica Villa Arias (del Grupo ETC) presentó una versión más amplia de este texto en Cuernavaca en el simposio “Iván Illich: lo político en tiempos apocalípticos”, agosto de 2016.